Le regaló el reflejo a aquella vanidosa
y sin querer él mismo la hizo su diosa,
parecía muerto cuando era de día,
que el amor llegaba de noche, él no comprendía.
Borracho de luz, a ella cantaba
“eres la belleza pálida y plateada;
con engañoso danzar bajó a sus aguas
y vió como aquel perdió sus ascuas.
Maldita la hora de cuarto menguante
que lo hizo conocer que su amor era constante,
estuvo apunto de morir aquel ente
cuando ella lo condeno con otro creciente.
Embravecido azoto su furia de mal querido,
pasaron veintinueve noches y acalló su alarido
resurgió del manto celeste blanca y nueva,
para volver a reflejarse en la apacible marea.