Era una noche de luna menguante cuando soñé con él,
atrapado en aquella cueva de la montaña Ugrámul.
Era un ángel que se negaba a utilizar sus alas. Me estaba esperando.
Yo era la hija de la Luna un pequeño y débil ser guiado tan solo por
imágenes de sueños, que me conducían a él.
Primero le tuve miedo, luego me enamoré de él, el ser más bello
que yo hubiera conocido jamás.
Aquel ángel nunca había volado, me regalo una historia que carecía de final
y después se casó conmigo en un vuelo eterno hacía lo desconocido.
Luego... desperté.