Lo conocí cuando tenía nueve años, él tenía diez, era mi nuevo vecino y con el paso de los años mi mejor amigo, mi primer amor.
Fuimos tan amigos durante tanto tiempo que son demasiadas las anécdotas, quisiera nunca olvidar cada una ellas y de cualquier manera sé que muchas ya se han ido borrando de mi memoria, pero las más importantes, las más bonitas ahí están, siempre.
La primera vez que peleamos porque rompí el manubrio de su bicicleta nueva y tapó con hule y una tabla vieja la ventana que conectaba nuestras casas; la primera vez de siete que me pidió de la misma manera en el mismo lugar que fuera su novia; la primera vez que nos volamos las clases para ir a mirar el valle desde lo más alto de un cerro lleno de jacarandás en flor; la primera vez que me beso con fuerza; la primera vez que me miró diferente y la primera vez que me sentí muy nerviosa con ello; la primera vez que gritó mi nombre y con un te amo me hizo temblar de emoción; la segunda vez que tapó la ventana que nos conectaba porque le rompí el corazón; la primera vez que dejamos de vivir el uno al lado del otro, el primer adiós...
También fue tanto el tiempo de estar lejos, nunca me había sentido tan perdida y nunca me había dado cuenta cuánto lo busqué en lugares, en personas, en momentos. La distancia dejó de ser enemiga y nos volvió a hacer amigos, por fin comprendí que como amigo fue siempre incondicional, el mejor.
Justo cuando erré y me empezaba a conformar con el fracaso, él volvió esta vez a salvarme del hastío. Y en el mismo lugar pero esta la séptima vez volvimos a reencontrar aquél amor viejo que nunca se terminó. Y hoy quisiera como él gritarlo y prefiero esperar a susurrarle al oído que es y siempre ha sido todo lo que quiero ver cuando volteo buscando un no sé qué en ningún lugar.
A todos los amores se les quiere diferente, pero al primero se le quiere siempre más.